lunes, 1 de febrero de 2021

Con Jesús en la eternidad

 

La vida es increíble. 

Es bonita, es difícil, es corta, larga. 

Reímos, cantamos, bailamos, lloramos, abrazamos, amamos; gozamos con la felicidad del otro, nos conmovemos con sus ilusiones, alegrías, sus retos cumplidos, sus confesiones de inseguridades abiertas y vencidas. 

Tanto en común y tanto que nos hace diferentes, pero a la vez muy hermanos.

La vida es una, nos abraza y recibe. Hay tanto que disfrutar, que compartir, que entregar...

Y lo mejor es que no termina aquí.

El Padre de todos los hombres nos amó tanto y nos ama siempre, y fue por eso que envió a su único Hijo a ser sacrificado, por amor, por nuestros pecados. Aquellos pecados cometidos desde la creación del ser humano hasta el fin de los tiempos. Todos conocidos por Él y por su amado Hijo, Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Las puertas del Reino están abiertas. Solo queda ver quiénes entrarán en él...

La invitación está hecha. La deuda pagada, el Amor esperando el momento destinado para cada uno.

Si elegimos pasar la eternidad en la dicha y bienaventuranza de la felicidad junto a Dios y a muchísimos otros hermanos que lo elegirán, gozaremos de una alegría y paz incomparable, bendita, real y absolutamente posible.

Si decidimos que somos invencibles, que estamos bien, que lo podemos todo, que lo pudimos todo sin Él, pasaremos la eternidad lejos de Él. 

Si Dios es amor, ¿qué es lo contrario?, si Dios es perdón, ¿qué es lo contrario?, si Dios es misericordia, ¿qué es lo contrario?, si Dios es luz, ¿qué es lo contrario?...

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan, 14, 6), dijo el Señor. 

¿Qué es lo contrario? Perdición, mentira y muerte.

La misericordia de Dios es grande y permanentemente se encuentra a la espera de que le hablemos, que le contemos nuestras angustias y alegrías, que le permitamos formar parte de nuestra historia y lo elijamos como el gran compañero.

¡Nos ama!, no ama nuestro pecado, pero nos ama a nosotros, sus hijos únicos e incomparables.


Jesús, ven..., acércate a mí, muéstrame quién eres, Hijo de Dios y Salvador de la humanidad.

No me dejes solo, lava mi pecado, limpia mi corazón. 

Tú, que resucitaste a Lázaro, ¡háblame y ten compasión de mí!

 

Entonces,  ¿una vida aquí con Él y la eternidad para amarlo y ser felices para siempre?

O, ... todo lo contrario.










jueves, 22 de octubre de 2020

Tú me salvas, ¡Señor!

Innumerables caídas. 
Poderosas ayudas celestiales.

Cuántas veces, Señor, has demostrado estar atento a mis súplicas, 
a mis ruegos, a mi llanto sin lágrimas. 
Cuántos momentos de oscuridad y desolación.
De mirar mi nada, y, a la vez, sentir mi filiación divina.

Soy toda tuya. Me has redimido con tu Sangre. 
Con tu muerte en la Cruz. 
¡Jamás seré abandonado por ti!
Permanecerás a mi lado.

Gracias Nazareno. 
Gracias por abrirnos las puertas de tu Reino. 
¡Gracias! porque allí, nuestras alegrías serán eternas contigo.





lunes, 18 de noviembre de 2019

El Sacrificio de la Santa Misa


La Santa Misa es lo más maravillosos que nos dejó el Señor antes de partir al Cielo.
Cada vez que un sacerdote celebra la Eucaristía, se le ofrece al Padre el sacrificio de su Hijo amado en la Cruz por la redención del mundo. Y es como si nosotros nos hiciéramos presentes en aquel momento que tuvo lugar hace más de dos mil años.

El sacrificio, la oblación del Cordero Inmaculado, tuvo lugar una sola vez, pero la celebración de la Santa Misa hace posible que Él descienda a las manos de un hombre mortal, manos consagradas por un Obispo, sucesor de los apóstoles, para que repita las palabras que dijo Jesús en la Última Cena con los doce:
Tomen y coman todos de él porque éste es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes.
Tomen y beban todos de él, porque éste es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por ustedes y por MUCHOS para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía.

Hemos reparado todos que ahora se repite la palabra MUCHOS y no TODOS LOS HOMBRES, como se decía antes?...
Antes de este cambio, al decir TODOS LOS HOMBRES se hacía referencia a que TODOS tendríamos la posibilidad de ser salvados por los méritos del Sacrificio de Cristo en la Cruz y así ser herederos de su Reino en el Cielo. Claro está, reconociéndolo como nuestro Salvador, cumpliendo los mandamientos de la ley de Dios, las bienaventuranzas, obras de caridad, llevar una vida de sacramentos,... no se trata de una lista de deberes por cumplir, se trata de buscar y encontrar, llamar a la puerta y ver que se abre, pedir y recibir...
El Señor siempre está a nuestro lado.

El término MUCHOS nos toca hondo porque hace referencia de que no todos se salvarán. Únicamente muchos.
Personalmente me estremece el alma pensar que esto es una realidad. Y como anhelo en lo profundo, formar parte de aquellos MUCHOS, estoy dispuesta a hacer lo que El Señor me pide.
Sin olvidar que el espíritu está dispuesto pero la carne es débil. Y sin oración no llegaré ni a la mitad.

Oración, el rezo del Santo Rosario diario, como lo pidió María, nuestra Madre, en su aparición en Fátima, Portugal, la Santa Misa, confesión frecuente, lectura de la Biblia, visita al Santísimo, lectura de libros espirituales, obras de caridad empezando por casa, perdonar, rogar por vivos y muertos, confiar y amar a Jesús y María sabiendo que ellos nos aman mucho y glorificar a la Santísima Trinidad con nuestras vidas. Que Dios nos ayude a caminar siempre en su presencia con un corazón limpio, es decir, un corazón que desea amarlo y todo lo bueno que hace lo reconoce como venido de Su mano.

Unidos en oración.
En Cristo Jesús y María Santísima.



Alma de Cristo




Alma 
de
Cristo


          
Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti.

Para que con tus santos te alabe 

por los siglos de los siglos. 

Amén.

martes, 15 de octubre de 2019

De las cartas de San Cipriano



Dios nos contempla, 
Cristo y sus ángeles nos miran, 
mientras luchamos por la fe.

Qué dignidad tan grande, 
qué felicidad tan plena es luchar 
bajo la mirada de Dios y ser 
coronados por Cristo.
(Carta 58)