viernes, 9 de agosto de 2013

El Espíritu Santo les enseñará

Fuente: www.es.catholicnet.net


«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. «A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».



Reflexión

Dar testimonio de Cristo es arriesgado y lleva muchas veces al martirio, como Cristo anuncia en el evangelio, pero no hay que olvidar la otra cara de la moneda; que si Cristo nos invita a dar testimonio de Él ante los hombres es porque sabe que el mundo está deseando que alguien le anuncie la palabra.

Cristo nos habla de dar testimonio de Él ante los hombres y luego habla del martirio. Está profetizando lo que será la vida de la Iglesia durante los veinte siglos de su existencia, desde la muerte de San Esteban, hasta la última monja asesinada en China por atreverse a predicar el Evangelio. En el mundo moderno, que tanto alardea de comprensión y tolerancia, la Iglesia sigue ofreciendo a Cristo la sangre caliente y enamorada de quienes no temen morir por él.

El siglo XX fue el de los millones -sí, sí, millones- de mártires, los del comunismo en Asia, Europa oriental y España; los del nazismo, o los del simple odio a Dios en la guerra cristera de México o del extremismo musulmán en África. Puede que a nosotros no se nos presente esta ocasión en nuestra vida, ni que el Señor nos pida esta muestra de amor. Pero sí nos pide el martirio que puede suponer día tras día levantarse a la primera y a la misma hora, sonreír cada jornada a esta persona que podemos llegar a no soportar, el callarnos por dentro cada vez que nos venga un juicio negativo sobre esa persona, el seguir poniendo nuestro cariño a pesar de no recibir nada a cambio, el no abandonar el trabajo estipulado por cansancio...y tantas cosas, que son pequeñas espinas que podemos ofrecer a Dios, pequeños martirios que hacen de nosotros «otros cristos» y que son manifestaciones de amor a Dios.

Conscientes de que el sufrimiento, por grande que sea es pasajero, y el haber sufrido no, el haber sufrido con amor es el sello más hermoso para el alma. No podemos olvidar, que el dolor siempre tiene que estar cargado de esperanza, la cruz por la cruz es inútil, y no lleva más que a la desesperación. Jesús sufrió como nadie, pero resucitó y su sufrimiento no fue inútil, ni estático. Se produjo en un periodo de tiempo limitado, y la respuesta a ese dolor fue la resurrección, el mayor milagro que se ha dado y se dará en toda la eternidad. Por eso, nuestro dolor es efectivo y a parte de producirnos la salvación podemos arrancar del Señor grandes gracias y milagros para nosotros y para nuestros hermanos los hombres.

Propósito

Contestar a llamamiento de Jesús con acciones concretas, a amarlo sobre todas las cosas y a servirle en los hermanos.

Diálogo con Cristo

Frecuentemente resulta difícil manifestar o defender la propia fe frente a los demás. Un falso respeto humano paraliza y lleva al terrible pecado de la omisión. Reconozco, Señor, mis debilidades y suplico tu gracia pero saber ser fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo.






Espíritu Santo

Fuente: www.es.catholicnet.net


Pentecostés / Juan 20, 19-23. ¿Por qué el Espíritu Santo es tan desconocido?

Juan 20, 19-23. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Reflexión
Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que San Pablo encontró en Atenas un altar en el que estaba grabada la siguiente inscripción: Al Dios desconocido. Este título parece valer de un modo especial para el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, cuya fiesta de Pentecostés celebramos hoy, es para muchos cristianos el Dios desconocido.

¿Quién es el Espíritu Santo? Es la tercera Persona de la Sma. Trinidad. Él es el lazo vivo de amor que une al Padre con el Hijo: es amor tan infinitamente profundo y perfecto, que constituye una nueva Persona, igual a ellos. El Espíritu Santo es lo más íntimo de Dios, la personificación de su amor, de su vida, de su fuerza. Es como el alma común del Padre y del Hijo. Es como el corazón del Dios Trino.

¿Por qué es entonces tan desconocido? En primer lugar porque para descubrir su presencia y su acción se necesita una cercanía muy íntima y personal con Dios. Porque Él se hace presente y actúa de una forma discreta y oculta - difícil de percibir por los ojos no acostumbrados.

Además influye el hecho de que no podemos representarlo mediante una figura adecuada. Pues los símbolos con que aparece en Biblia - la paloma, el viento y el fuego - nos ocultan su riqueza de persona. Dios-Padre también es invisible, pero la palabra “padre” ya acerca mucho a nuestra experiencia humana. En cambio, imaginar un “espíritu” resulta mucho más difícil.

Sin embargo, Dios nos ha regalado a alguien en quien podemos casi palpar, de modo visible y sensible, la presencia y la acción del Espíritu Santo: es la Sma. Virgen María.

Por eso, para el Padre José Kentenich, Fundador del Movimiento de Schoenstatt, María es el símbolo más apropiado del Espíritu Divino:
* Porque el Espíritu Santo es el amor HECHO PERSONA, la entrega personificada.
* Y María es el amor, la entrega EN PERSONA.

La Sma. Virgen es, en efecto, la mujer tres veces llena del Espíritu de Dios:
- En el momento de su Concepción inmaculada, en que Él la escogió como templo predilecto y la colmó de su gracia, evitando que la menor mancha de pecado la tocara.
- En el momento de la Anunciación, en que “la cubrió con su sombra”, para hacerla fecunda y convertirla en Madre de Cristo.
- Y en el momento de Pentecostés, en que Él escucha su oración y desciende sobre Ella y los apóstoles, haciéndola Madre de la Iglesia la que en ese mismo instante nace de su fuerza vivificadora.

Por todo esto, desde muy antiguo, el pueblo cristiano ha dado a María el título de “Vaso del Espíritu Santo”. Acercarse a Ella es acercarse a Él y comprender lo que Él quiere hacer con todos nosotros: liberarnos como a Ella del pecado, llenarnos de Cristo Jesús, sumergirnos en el misterio de la Iglesia.

María pone de manifiesto, sobre todo, la misión esencial del Espíritu Divino: conducirnos vitalmente hacia el Hijo y hacia el Padre. Porque Ella, por su condición de Madre, nos ayuda a sentirnos hijos y a identificarnos como tales con Jesucristo. Y porque, como toda Madre, posee también el don de hacernos cercano y atrayente el corazón del Padre.

De este modo, la misión del Espíritu Santo se identifica con el carisma propio de María. Así se explica por qué, en la historia de la Iglesia, la devoción al Espíritu y a la Virgen siempre florecen juntas.

Queridos hermanos, pidámosle por eso a María, que por su intercesión descienda como en el Pentecostés original - el Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros, que nos regale sus dones y frutos, y que nos transforme en instrumentos y portadores de su amor divino.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Perdona a tu hermano

Fuente: www.es.catholic.net

Mateo 5, 20-26. Cuaresma. Nos cuesta entender que el primer medio de alabanza a Dios pasa por medio del perdón, de la reconciliación y del amor.

Del santo Evangelio según san Lectura del santo Evangelio según Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el reino de los cielos. Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar del castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro de que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo".

Oración introductoria

Señor, quiero tomar conciencia de la cercanía que Tú tienes conmigo, para que pueda valorar lo que Tú haces por mí. Señor, Tú me has perdonado muchas veces. Concédeme verlo y palparlo, para que, siguiendo tu ejemplo, mi corazón perdone y ame a los que me hieran de alguna forma.

Petición

Señor, que me dé cuenta de que soy un cristiano necesitado de tu gracia y de amor.

Meditación del Papa

El evangelista san Mateo, siempre atento al nexo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, en este momento pone en los labios de Jesús la profecía de Oseas: «Id y aprended lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios"».

Es tal la importancia de esta expresión del profeta, que el Señor la cita nuevamente en otro contexto, a propósito de la observancia del sábado (cf. Mt 12, 1-8). También en este caso, Jesús asume la responsabilidad de la interpretación del precepto, revelándose como "Señor" de las mismas instituciones legales. Dirigiéndose a los fariseos, añade: «Si comprendierais lo que significa: "Misericordia quiero y no sacrificios", no condenaríais a personas sin culpa» (Mt 12, 7). Por tanto, Jesús, el Verbo hecho hombre, "se reconoció", por decirlo así, plenamente en este oráculo de Oseas; lo hizo suyo con todo el corazón y lo realizó con su comportamiento, incluso a costa de herir la susceptibilidad de los jefes de su pueblo. Esta palabra de Dios nos ha llegado, a través de los Evangelios, como una de las síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos. (Benedicto XVI, Ángelus, 8 de junio de 2008)

Reflexión

Cristo nos plantea un punto de partida: "Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no podrán entrar en el reino de los cielos". Nos pone este punto, porque sabía que ellos no estaban del todo mal, pues intentaban seguir a la perfección los preceptos de la ley; sólo que olvidaban una cosa, lo que Dios había dicho: "Misericordia quiero y no sacrificios".

Esto era lo que no entendían ellos, e incluso hoy en día, muchas veces nos cuesta entender que el primer medio de alabanza a Dios pasa por medio del perdón, de la reconciliación y del amor. Nosotros, como cristianos, estamos llamados a ser transmisores del amor que Dios ha tenido a la humanidad.

Cuando vayas de camino con tu adversario arréglate pronto, no sea que te entregue....Con el paso del tiempo, nos acercamos cada vez más al final de nuestra vida, y, querámoslo o no, tendremos que presentar cuentas a nuestro Juez. ¿Por qué no nos esforzamos desde ahora por arreglarnos con la persona que nos ha hecho -o a la que le hemos hecho- mal, que no nos cae muy bien y a la que solemos criticar? Y en vez de presentarnos con un enemigo aquel día, ganemos amigos que sean nuestros abogados, para la hora de este momento.

El mensaje de este evangelio es un mensaje de paz y de amor. ¡Cuánta paz alcanza un hombre que no está enemistado con otro! Paz que no es ausencia de guerra sino que es presencia de Dios, presencia de Amor.

La luz de un nuevo día, las flores que despiertan, el murmullo del viento que roza nuestra ventana, nos enseña cuán grande y bello es el creador de todo. Y lo hizo para mí. Y lo hizo para mi hermano. Y lo hizo, también, para aquel con el que estoy enemistado. Y lo habría hecho igual aunque sólo fuera yo el único habitante de este mundo, aunque fuera el otro el único habitante de este mundo. Si Dios, que es Padre, nos da esto, cuanto más nosotros debemos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, aun siendo el otro.

Jesús da un nuevo sentido a la ley rabínica, un nuevo sentido a nuestro modo de pensar; no matarás decía la antigua ley, Cristo dice: no te enfades con tu hermano, perdona. A veces es difícil perdonar, pero tenemos el ejemplo de Cristo que nos perdona todo, si se lo pedimos; que perdona a cualquier pecador si, en su corazón, se arrepiente.

Hoy podemos aprender una nueva cosa: amar. Amar nunca se aprende totalmente. "El amor que no se practica se seca", dicen. Hoy es el día oportuno para volver a regar esa planta del amor. Esa planta que es la rosa más preciosa del Jardín de Dios.

Propósito

Rezar un Ave María por aquellas personas que nos han ofendido y pedir a Dios la gracia de perdonar de corazón.

Diálogo con Cristo

Jesús, Tú me conoces muy bien y sabes cuánto quiero agradarte, pero también conoces cuán débil soy y que tengo muchas caídas a pesar de mis luchas. Ayúdame, por eso, Señor, a esforzarme por agradarte más, sirviendo a los hombres, quienes son tus hijos y mis hermanos. Quiero practicar cada día más la caridad, virtud principal de tu corazón. Ayúdame como cristiano a ser faro del amor. Pues sólo así seré reconocido como discípulo tuyo.


«Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar» (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 61)




lunes, 5 de agosto de 2013

La misa. El Sacrificio del Altar



Fuente: www.es.catholic.net

Jesús baja a la tierra, obedeciendo las palabras de un humilde sacerdote. 
Y lo mismo sucede en las grandes catedrales como en las humildes Iglesias.

"La misa es el acto más sagrado. No se puede hacer otra cosa mejor para 
glorificar a Dios ni para mayor provecho del alma, que asistir a la misa tan 
a menudo como sea posible" (S. Pedro Eymard).

"Sin la santa misa ¿qué sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos, 
ya que únicamente eso puede detener el brazo de Dios. Sin ella, ciertamente, 
la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido y sin remedio" (Sta. Teresa de Jesús).

"Yo creo que, si no existiera la misa, el mundo ya se hubiera hundido en el abismo, 
por el peso de su iniquidad. La misa es el soporte que lo sostiene" (S. Leonardo de Pto Mauricio). 
"Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol que sin la misa" (P. Pío de Pietrelcina).

¡Vale tanto la misa! Un santo obispo decía: "!Qué gozo siente mi alma al celebrar la misa! 
Por muy ofendido, despreciado, blasfemado e injustamente, tratado que sea Dios de parte 
de muchos hombres... tengo la dicha de dar a Dios infinitamente más gloria que ofensas 
puede recibir de los pecados de los hombres. ¿Nos explicamos ahora, por qué no se ha 
roto en mil pedazos al golpe de la ira divina esta tierra pecadora? ¿Nos explicamos por qué 
hay sol en los días y luna en las noches y lluvias en el tiempo oportuno y comunicación de 
Dios con los hijos de los hombres? HAY MISAS EN LA TIERRA en todos los minutos 
del día y de la noche se está repitiendo a lo largo del mundo: Por Cristo, con El y en El... 
todo honor y toda gloria". (Beato Manuel González).

"Si supiéramos el valor de una misa, nos esforzaríamos más por asistir a ella" (Cura de Ars). 
"Uno obtiene más mérito asistiendo a un misa con devoción que, repartiendo todos sus 
bienes a los pobres viajando por todo el mundo en peregrinación" (S. Bernardo).

(...)

Así piensan los santos ¿y tú? ¿Crees todo esto? La misa es la Suma de la Encamación y 
de la Redención. Es el acto más grande, más sublime y más santo que se celebra todos 
los días en la tierra. La mis es el acto que mayor gloria y honor puede dar a Dios. 
Todos los actos di amor de todos los hombres que han existido, existen y existirán, no 
sonada en su comparación. Porque la misa es la misa de Jesús y, según Sto. Tomás de 
Aquino, vale tanto como la muerte de Jesús en el CaIvario, ya que la misa es la renovación 
y actualización del sacrificio de la cruz. “Es el memorial de la muerte y resurrección de Jesús” 
(Vat II, SL 47). Memorial es hacer vivo y real ahora entre nosotros, un acontecimiento 
salvífico que tuvo lugar en tiempos pasados.

Supongamos que hubieran tenido estudios de cine y TV en aquellos tiempos de Jesús y 
hubieran filmado su pasión, muerte y resurrección. ¡Qué emoción sería para nosotros ahora 
poder contemplar con nuestros ojos lo que sucedió hace dos mil años y poder ver a Jesús 
resucitado! Pues bien, la misa es algo más que una película, por muy bonita que sea, es un 
memorial, es decir, es la misma realidad actual y palpitante, aunque expresada de otra manera, 
de modo sacramental, sin derramamiento de sangre. Por eso, decimos también que la misa es 
el memorial de la Pascua de Cristo, el memorial de la Redención o de su Pasión, muerte y 
resurrección. En una palabra, diríamos que es el memorial de su infinito amor, pues en cada 
misa el amor infinito y eterno de Jesús se hace palpable y se sigue ofreciendo por nuestra 
salvación. Este amor de Jesús se hace presente al entregarse a cada uno en la comunión y 
al encarnarse de nuevo entre nosotros, como en una nueva Navidad, en el momento de la 
consagración.

La consagración es el corazón de la misa, sin ella no habría adoración ni sagrarios ni 
comunión. 
Por eso, cuando en otros tiempos no se acostumbraba a comulgar todos los días, los fieles 
estaban bien atentos y miraban a la hostia en la elevación, con deseos de comulgar, para 
hacer así una comunión espiritual.

Cuando tú asistas a la misa, procura estar atento a este momento cumbre del gran prodigio 
de amor. Toda la misa converge en este momento sublime, en que todo un Dios se acerca 
a nosotros como en una nueva Navidad. Para este momento supremo viven todos los 
sacerdotes, para esto se celebra la misa. Sin la consagración, la misa no sería misa. Vive 
conscientemente este gran acontecimiento y agradece a Dios por este gran milagro que 
sucede cada día. Piensa en lo que sucede: unas breves palabras pronunciadas sobre la 
hostia y, en el mismo instante, esta hostia viene a contener un tesoro mayor que todos 
los tesoros de la tierra.

(...)

Jesús baja a la tierra, obedeciendo las palabras de un humilde sacerdote. Y lo mismo 
sucede esto en las grandes catedrales de los países ricos como en las humildes casitas 
de esteras de los pobres de África o de América Latina.

(...) No dudemos, digamos como Sto. Tomás: "Señor mío y Dios mío". Y procuremos, 
en esos momentos, estar de rodillas ante nuestro Dios. No seamos meros espectadores, 
indiferentes a lo que se celebra ¿Acaso estamos de pie para que no se manche nuestra 
ropa? Alguien ha dicho que nunca es el hombre más grande que cuando está de rodillas. 
No te avergüences de estar de rodillas ante tu Dios.

Sta. Margarita María de Alacoque cuenta en su Autobiografía que su ángel de la guarda: 
"no soportaba la menor falta de modestia o de respeto ante Jesús sacramentado, delante 
del cual lo veía postrado en tierra y deseaba que yo hiciese lo mismo". Y tú ¿le negarás 
el respeto y amor que se merece? ¿Le negarás hospedaje en tu corazón? ¿Le negarás 
obediencia a su deseo de que vengas a la misa los domingos?

La misa ha sido siempre la devoción de los santos por excelencia. Nuestra Madre María 
nos decía en Medjugorje el 25-4-88: "Haced que la misa sea parte esencial de vuestras 
vidas". Por eso, no digas que no tienes tiempo. Cuando le decían esto a S. José de 
Cotolengo, El respondía: "malos manejos, mala economía del tiempo". Tú, asiste a la misa 
para unirte a Jesús y alegrarte en la celebración de los grandes misterios de la humanidad, 
y para orar por tus familiares vivos y difuntos. A este respecto, decía S. Alfonso María 
de Ligorio que la misa "es el más poderoso sufragio para las almas del Purgatorio". Ya 
desde los primeros tiempos del cristianismo se celebraban misas por los difuntos. Tertuljano, 
en el siglo II, nos habla de la costumbre de celebrar la misa en el aniversario de la muerte. 
Ahora, existe la buena costumbre, en algunos lugares de la misa a los ocho días, al mes y 
al año. Orar por nuestros familiares difuntos es una obligación, no sólo de caridad, sino 
también de justicia. Debemos ayudarlos, pues según Sta. Catalina de Génova, llamada 
la doctora del purgatorio, allí se sufre mucho más de lo que podemos sufrir en este mundo.

S. Agustín, en varias de sus obras, nos habla de esta costumbre antigua en la Iglesia y 
afirma que su madre Sta. Mónica, antes de morir, le manifestó el deseo de que se acordara 
de ella en la santa misa (Cf Conf IX,36). Porque "es bueno y piadoso orar por los difuntos... 
para que sean liberados del pecado" (2 Mac 12,46). Y la mejor oración es la santa misa. 
Por eso, ofrécele el regalo de la misa y comunión, donde renovarás tu amistad con El.

Jesús, Tú eres mi amigo más querido, el Amado de mi alma, lo más grande de mi vida. 
Gracias Jesús, por tu amistad y por la misa de cada día.